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Érase una vez en un mundo donde imperaba el comunismo, y no había libertad alguna, una joven de clase acomodada, hija de un alto cargo, que pensó que era hora de volar como un pájaro mas no era fácil decisión saltar desde un enorme rascacielos. Todo se remontaba años atrás cuando vio fallecer a su mejor perro, un enorme y atlético mastín que crió desde que tuvo uso de razón.
Cuando este hecho sucedió, Gala Placidia, de quien su familia desciende, gritó altanera las siguientes palabras:
- ¡A Dios pongo por testigo que este perro tendrá venganza! ¡El malhechor que haya hecho daño a semejante animal lo pagará!... ¡¡¡Su comida envenenada, justicia tendrá!!!
Era más fuerte el deseo de hayar al culpable que buscar una salida al verdadero problema que minaba sus sueños. Pero un día se levantó con resaca y se dio de bruces con la realidad: ¡¡Había llegado la hora de tomarse la justicia por su mano!!
Dispuesta a todo se puso a interrogar al personal contratado en un vano intento de tener pistas claras sobre cómo sucedió la desastrosa noche anterior... 27 empleados, una tarea árdua el averiguar quien había sido, el que participó de tan despreciable y nauseabundo suceso de consecuencias totalmente imposibles de predecir.
Solo logró una gran jaqueca. El bedel del hotel parecía un ornitorrinco con aquella nariz, provocándole migraña al intentar entenderle. Miraba insidiosamente tras sus gafas con sus pequeños y cucarachiles ojos negros y desconfiados. Algo oscuro pero tentador se avecinaba, un sentimiento, una especie de premonición. Sacudió la cabeza sintiéndose confusa, la habitación parecía más pequeña, miró a su alrededor para asegurarse de que no había más que una desvencijada cama, iluminada tenuemente por un tragaluz. Un escalofrío recorrió su espalda. Una sombra se dibujaba en el jardín que rodeaba la mansión. Su cabeza daba vueltas mientras las sombras se multiplicaban.
Tragando saliva se levantó para tratar de escapar del lugar. Ni siquiera se paró a pensar si las sombras eran siluetas humanas o de otros seres, ¡necesitaba respirar aire limpio! Cruzó un largo pasillo hasta llegar a la puerta de su hermano Jacinto, momento en que se apagó la luz. A tientas, abrió la habitación, en cuyo centro había un espejo con la luna desquebrajada y una rosa blanca marchita depositada a los pies del cristal. "¿Jacinto, querido hermano, duermes aún?"
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